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viernes, 18 de julio de 2014

Helmut Ditsch: El triunfo del talento



Helmut Ditsch expuso  “El triunfo de la pintura” en el Espacio Contemporáneo de Artes (ECA) con gran éxito. Se estima que más de seis mil personas visitaron la muestra en sólo diez días. “El promedio de gente que entra al ECA en dos meses”, resaltó Alfonso Conrado, su director.



 Por Camila Reveco


El pintor nacido en Villa Ballester, provincia de Buenos Aires, exhibe ahora parte de su obra en el Hotel Intercontinental en el marco de La Cumbre de los presidentes del Mercosur y Unasur, encuentro histórico que se desarrolla en la ciudad de Mendoza.
Helmut Ditsch tiene una postura muy definida en el escenario de las artes plásticas. Le tocó sentirse totalmente excluido del actual círculo de poder integrado por galeristas, críticos, curadores, periodistas y seudo-artistas. Círculo que ha degradado el talento y el trabajo de muchos pintores que siguen eligiendo al realismo para desplegar sus capacidades expresivas.
Helmut Ditsch tiene sus convicciones que, por supuesto, se pueden compartir o no, pero lo que conmueve y habla por sí solo -sin necesidad de explicaciones- es su obra. Este pintor posee una técnica impecable y reivindica en sus cuadros la vida, la felicidad, la creación y lo hace con una entrega absoluta. Para aproximarse a los grandes interrogantes del ser humano, contempla las manifestaciones presentes en la naturaleza. Ahí mismo, entre los mares, los glaciares y los desiertos la vida se muestra como instinto espontáneo, como fuerza enfrentada a otras fuerzas, en un proceso donde nada permanece estable.
“El triunfo de la pintura” es, sin dudas, el triunfo de la belleza.
Periodista: ¿Cuándo y cómo decidió ser un pintor realista?
Helmut Ditsch: Hubo momentos puntuales que me enamoraron y se convirtieron en los disparadores de mi carrera plástica. Momentos que tienen que ver con la naturaleza y con Mendoza, especialmente. Si bien yo empiezo a pintar desde muy temprano, no fue ese mi objetivo, no tenía una idea de profesión (a los seis años no pensás en una profesión). Pero siempre dibuje, era mi forma de expresarme, aparte me salía bien, era un placer, me divertía mucho dibujando. A los ocho años cuando llego por primera vez a Mendoza, recuerdo el viaje desde Buenos Aires. Recuerdo las nubes que se veían en el trayecto. Noté una atmósfera absolutamente limpia, y eso me marcó, y necesite pintar, para ser parte de todo ese fenómeno. O sea que mi carrera como artista plástico nace ahí; ahí tomo conciencia de que quiero hacer eso.
P.: “El triunfo de la pintura”, me recuerda al “Triunfo de Venus”, de François Boucher (1740) ¿Su obra qué relación tiene con el triunfo de la belleza?
H.D.: Este triunfo tiene varias facetas. Es un triunfo sobre el sometimiento dogmático del arte conceptual que sufrí en carne propia en Europa, en donde se me prohibió prácticamente la pintura, fui expulsado de todos los círculos académicos. La intolerancia que creó el nihilismo masivo negó la estética, pero se olvidó de proponer una nueva. De hecho la estética no es algo que inventamos los artistas, es una ley natural, que mantiene el equilibrio y potencia la evolución.
Es el triunfo de veinte años de lucha frente a esa situación. Se puede decir que la pintura triunfa y resurge a partir del año dos mil. Yo me adelanté, por eso los choques fueron inevitables. Según los conceptuales era anacrónico lo que hacía.
P.: ¿Cree que hay un regreso al realismo? ¿Podemos hablar de un renacimiento de la pintura?
H.D.: Yo estoy acá, así que sí,  hay un renacimiento de la pintura.
P.: ¿Cree que su obra de alguna manera contribuye a que el público se reencuentre con la pintura?
H.D.: Siempre desarrollé un lenguaje absolutamente popular con mi pintura. Siempre se encontró el público con mi obra. No necesita de interlocutores, ni traductores, dialoga directamente con el público. Ese es el problema de los circuitos del arte y su sometimiento dogmático que excluyen al público. Tienen una postura ideológica totalmente excluyente y les molestó mucho que yo haga pintura de valor universal. Lo mío es popular, lo entienden y se emocionan todos. Es un arma que no se puede controlar.
P.: Y ya que estamos: ¿qué es el arte para usted?
H. D.: Para mí el arte es la voz de un pueblo en su máxima expresión y tiene que ser una poesía superadora de valor universal, si no queda en un fenómeno que hay que llamarlo de otra forma, pero no arte. El arte tiene la exigencia de ser un fenómeno superador.
 


P.: ¿Qué papel desempeña la belleza en su obra?
H.D.: Es simplemente una ley, una ley que está sujeta a la evolución misma de la naturaleza. Es armonía, equilibrio entre formas, entre frecuencias… no la inventamos los artistas, la cosa funciona así, el cosmos es así. Vayamos a un desierto de piedras, donde pensamos que todo es aleatorio, e intentemos sacar alguna de esas piedras para supuestamente “ordenar”. En realidad hemos desordenado. Sacando una sola piedra, ya se desequilibra todo. Todas las formas de vida se han desarrollado bajo un orden y el ser humano es el único que tiene la capacidad de construir o destruir.
La pintura tiene relación y está sometida a ese orden. Mientras más eficiente más bello. Mientras más bello, más eficiente.
La belleza es un conductor. El arte a diferencia de un diseño se destaca por la poética. El diseño puede ser eficiente pero tal vez no conmueva. El arte exige el desarrollo de una poesía. En la pintura se ve con la pincelada, con el ritmo de los pigmentos. Pero hay cosas que no tienen poesía y necesitan de todo un aparato artificial para mantenerse con vida: Mucho museo, mucha prensa, mucho crítico: mucho caretaje. Le sacas uno de esos elementos y ya no funciona. Si el contenido no tiene poesía no funciona.
P.: Entonces ¿cuál es el lugar de la belleza y la poesía en el arte contemporáneo, quedó relegada?
H.D.: Hay que lograr una reivindicación, porque todo eso ha sido una mala palabra durante décadas. La figura humana se permite pintar pero de un modo sarcástico y burlesco, pero nunca proyectando al ser humano como fenómeno de unificación y de elevación. Hay una gran lucha ideológica. Existe un mundo excluyente que ha creado una burbuja muy poderosa. Todo el dinero que va destinado al arte en la mayoría de los países de Occidente lo manejan estos grupos que dejan fuera al público. En el manifiesto que manejan, han declarado que el pueblo no puede determinar sobre el arte. Muchos gobiernos al no determinar qué cosas van a subvencionar, llaman a los “expertos”, en realidad a quienes se autodenominan expertos, porque nadie los avala. Nadie puede avalar o juzgar a un artista que no sea el propio pueblo o los artistas mismos, pero no puede ser un crítico de arte, que no es otra cosa más que un artista frustrado, aquel que no llegó a desarrollar el talento –quiso tal vez pero se frustró-, y en vez de hacer algo constructivo, productivo, eligió criticar para desarmar.
P.: En este momento es usted el artista argentino más cotizado del mundo: ¿Considera qué la cotización está relacionada con el “éxito”? ¿Se considera un artista exitoso?
H.D.: El contacto con la gente es mi éxito, pero no el valor nominal de una obra. La obra tiene un valor particular: el del diálogo. Mi éxito radica ahí, no es artificial, porque no está armado por un pequeño grupito que se encarga de comercializar mi obra. Lo mío está afuera del mercado. Tiene un valor ideal.

 


P.: ¿Cómo se fue determinando el valor de su obra?
H.D.: La necesidad del artista que produce y del coleccionista que la busca y que la necesita. Yo tengo un grupo de fanáticos de mi obra que creyeron en mí y crecieron conmigo. Cuando quedé fuera del sistema no me quedo otra que volver al lugar en el que surgí: la plaza. Lo que hice en un principio en la Plaza Roca de Villa Ballester-Buenos Aires-, lo hice después en Viena. Pero hubo gente de mi generación que me fue bancando, y con valores muy bajos, lo que yo necesitaba para vivir. Teníamos veinticinco años, cada uno hizo su carrera, y a los treinta y cinco la cosa había cambiado. Se había formado un grupo de militantes de este tipo de arte tan necesario y que no es fácil explicar por qué genera tantas pasiones. Es pasional la relación que tiene el coleccionista con mi obra, con mi historia. Lo que hice fue armar grupos de mecenas, como se hacía en el Renacimiento. Mecenas reales, gente que sabe que todo el dinero que invierten lo están invirtiendo en el artista.
P: Para que se dedique pura y exclusivamente a pintar.
H.D.: Para que esté bien.
P.: ¿Cuáles considera que son las virtudes de su propuesta y qué cree que le pueda faltar a su pintura?
H.D.: Creo que llegué bastante alto con mi pintura. Lo más importe es haber rescatado el denominador común de las cosas, ese ha sido mi logro. Mantener un lenguaje que se entienda. El mar, o el desierto que estoy pintado también es tu mar, también es tu desierto. Esto no es sólo mi mundo, no me quedé en una burbuja egocéntrica, he estado recorriendo muchos lugares buscando los denominadores comunes que me mantienen en la Tierra. En ningún momento me “volé”, no perdí la noción de realidad por mi condición de artista. Por más que venda en valores nominales muy altos, no se puede parar por eso. Yo voy a seguir pintando porque es el motor que me mantiene feliz.

 


P.: Para lograr estos resultados su talento ha sido cultivado y encauzado. ¿Qué importancia ocupa el talento en el arte?
H.D.: Por supuesto que el talento es fundamental para llegar a ciertos niveles. Pero la acción de hacer arte es tan terapéutica que no es importante tener el talento para ser feliz haciendo algo. Yo pintaba porque me hacía feliz, no era consciente del talento que tenía, para poder medir por ejemplo, la frecuencia de los colores en forma exacta. Puedo recordar el color de la luz, y ahí se complica, porque el espectro de la luz necesita de dos talentos para poder captarse.
Por un lado debe haber un talento absoluto, como el oído absoluto de Charly García por ejemplo. Ese sensor es un sensor humano, no es una maquinita, está desarrollado, todos lo tenemos pero no con la misma sensibilidad.
Por otro lado hay un talento que te permite saber cuál es la luz metafísica. Hay una luz física y una luz metafísica que se unen. Probablemente, tenga que ver con la velocidad plus. Yo he experimentado el fenómeno de la aceleración: se vive una excitación, una gran euforia. Pienso que pasaría si esa aceleración no terminara más, sino siguiera… Las células se excitan y se encuentra un estado de absoluta felicidad ¿qué pasaría si llegaras a la velocidad luz? Probablemente sea el momento de felicidad plena que algunos han experimentado al momento de irse de este planeta y han visto esa luz. Yo he tenido esa sensación de absoluta calidez y contención. Tuve la aparición de mi madre, fue una sensación de absoluta felicidad y calor. Esa es luz metafísica y probablemente todos la tengan incorporada. La luz física y la luz metafísica se unen en un punto.
P.: Su obra y la naturaleza como gran tema, representa esa búsqueda…
H.D.: Es la búsqueda a preguntas sobre la vida y la muerte. Ese es el motor… Perdí a mi madre a los seis años y yo buscaba una respuesta, no me alcanzaba que me dijeran “está en el cielo”. ¿Qué respuesta es esa para un chico? Los niños captan todo inmediatamente, no les podés mentir. Ni siquiera con esas respuestas se aplaca el dolor… en más, el dolor a esa edad se supera mucho más fácil, que cuando somos grandes. Las respuestas las empecé a buscar en las dunas, en los desiertos, en la naturaleza.
P.: La figura humana también forma parte de la naturaleza ¿Por qué no aparece en tu obra?
H.D.: Yo no pinto la figura humana adelante para que puedas entrar vos. El ser humano está por entrar. Si yo pintara una figura humana en algún lugar puntual del cuadro, ese espacio estaría ocupado ya por alguien. Por eso la necesidad de un realismo vivencial. El ser humano está incorporado a todo esto.

 


P.: ¿A la manera de los maestros renacentistas, tiene discípulos que lo ayuden?
H.D.: No, hago todo solo. Lo renacentista en mí es que me incursionó en varias disciplinas creadoras para poder estar en equilibrio. Necesito hacer música, diseñar, crear cosas, todo para poder estar en equilibrio con la pintura. Hubo una etapa en la que descubrí que lo que hacía estaba fuera del tiempo, no era parte del mainstream, ni de la moda. Necesité siempre otro ritmo, no podía producir una obra tan rápido –como lo pide el mercado-. Me exigían cincuenta o cien cuadros por año si quería un contrato con una galería. Nunca pude entender eso, sabía que tenía que vender para sobrevivir, pero lo que vendía era arte.
P.: La Mona Lisa -la pintura más famosa del mundo- es a la vez una de las más pequeñas. ¿Por qué elige formatos tan grandes? ¿Qué particularidad y qué desafíos representa?
H.D.: La Mona Lisa se hizo tan famosa porque hay magia ahí dentro, no importa el formato. No ha habido artistas que se hayan dedicado a grandes formatos con una densidad de trazo, como lo que yo hago. No se conocen obras del formato que yo elijo, hechas por un solo artista. Las escuelas de Rubens, por dar un ejemplo, se habían creado con una velocidad de producción que imponían las casas reales y sus artistas tenían que producir rápido. Era imposible hacer una obra de grandes dimensiones en un lapso tan corto y así se fueron surgiendo grupos de trabajo. Pero si analizamos esas obras vemos que no tienen la misma energía que la pintura del maestro. Pinturas, justamente mas chicas, más compactas, como la Mona Lisa. Cuando ves los originales de Rubens ves toda la fuerza ahí, no pasa lo mismo con las obras en donde ha participado todo un conglomerado de artistas. El desafío que yo me impuse es hacer esa pintura chica -con esa densidad de trazo- pero en grandes formatos, multiplicando de esta forma el fenómeno y su efecto.
P.: Leí por parte de la crítica que se lo cataloga como un pintor del “realismo pos mediático”. ¿De qué se trata esta categoría?
H.D.: En realidad lo dijo un crítico de arte que no sabía que decir. Ellos quieren ser siempre políticamente correctos –correctos sobre todo con los artistas que ellos mismos fomentan- y no han sabido darle un nombre a lo que hago. No se atreven a decir que se trata simplemente del triunfo de la pintura sobre el arte conceptual –que sería el arte mediático- . Pero bueno, no es una definición que tenga mucha importancia para la historia, eso se va cristalizando con el tiempo. Ese crítico tendría que haberme preguntado a mí en realidad, como es que yo nombro mi obra. Esto es realismo, realismo vivencial. Tampoco es hiperrealismo, que ha sido sólo una técnica que no llegó a ser un movimiento artístico, porque no pintaron luz -pequeño gran detalle- . La forma sola no alcanza. La luz está relacionada con la poesía y con toda la magia sugestiva de la plástica.
El gran desafío para los que van a hacer realismo es que tienen que estudiar lo que se ensayó a lo largo de dos mil años, o más. Eso lleva todo un estudio evolucionario, nada se repite. Este tipo de pintura no existía antes.
P.: Más allá de que nada se repita, ¿cómo entiende la permanencia del realismo en este contexto de posmodernidad y de múltiples tendencias.
H.D.: Hay una permanencia del ser humano en el planeta por ahora. Mientras eso suceda, siempre se va a buscar un lenguaje humano en común. Si bien hay períodos en donde ese lenguaje universal no está presente y no está al alcance de todos, se siguen buscando las maneras de expresión popular. El pueblo se sigue expresando, las manifestaciones populares siguen estando, el grafiti por dar un ejemplo, es una muestra de ello. Tiene más pasión, trabajo, dedicación y sentido de realidad social un solo grafiti que muchas otras expresiones de arte conceptual que no tienen ningún contenido humano y son sólo una provocación para dejar a gran parte del público afuera.

 

P.: ¿Qué le aconsejaría a los jóvenes que quieren estudiar pintura?
H.D.: Primero que lo hagan por una razón de felicidad. Es mucho más importante bailar y cantar, aunque lo hagamos mal, que reprimirnos y no hacerlo. Hagamos grandes escuelas donde puedan pintar o bailar todos y aparecerán los Messi, los Helmut Ditsch. Yo aparecí en un espectro no artístico, no hay nadie en mi familia que haya pintado, ni nada por el estilo. Sólo tenía que ser, tiene que ver con la fuerza de voluntad y con la toma de conciencia de mi talento. Asumí esa responsabilidad, ese desafío. Pero hay que atreverse a quedarse afuera, sin tener miedo de que nadie te reconozca. Me sentí, claro, echado por el sistema y hubo una confrontación, pero no hay que perder el tiempo en combatir. No pierdan tiempo en hacer cola en las galerías que nunca los van a tomar. Porque el sistema está hecho por embudo, si a la décima vez no te toman, no pierdas más el tiempo, ese no es el lugar, vayan a la plaza, a cualquier otro lado. El reconocimiento no hay que buscarlo a la fuerza. El secreto es desgastarse en lo que uno hace. Cuando caes muerto con la última gota de energía que entregaste, milagrosamente vuelve la energía y vuelve desde el cosmos. Es un dar y recibir.
P.: Y que la inspiración te encuentre trabajando….
H.D.: Decía Picasso. Exacto, es eso.
P.: Tiene una relación especial con Mendoza…
H.D.: Muy especial. Si…
P.: ¿Se va a venir a vivir a nuestra provincia?
H.D.: Si… (risas) y lo digo con cara de enamorado. Mendoza es un lugar mágico. Conozco Europa, y he vivido en lugares muy bellos. Pero este lugar tiene una energía especial. Es mi lugar. Yo sé que en Montecaseros –San Martín- es en donde recibo la energía más blanda… más blanda que en Irlanda incluso. Y eso es genial! Mientras haya una pileta para el verano… Yo ya tengo pensado hacer una pileta con atelier. No, atelier con pileta… pileta primero! Los recuerdos que tengo de acá… de chico, cuando andábamos por las acequias…. el calor del verano, el agua cristalina, son cosas que me acompañan hasta hoy, y voy a terminar ahí eh… en la acequia (risas).



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