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martes, 8 de julio de 2014

Robert Hughes y la manipulación de los coleccionistas en el mercado del arte


Los coleccionistas están "manipulando" el mercado del arte, sobrepujando en las subastas para multiplicar el valor de las obras de los artista que atesoran, denuncia el reputado crítico de arte australiano Robert Hughes. "El arte moderno es muy caro no porque sea especialmente bueno sino porque los inversores creen que puede generar rápidamente beneficios", expresa.

Hughes, crítico del semanario "Time", ha sido uno de los pocos que han denunciado abiertamente la subasta (realizada hace unos meses) de más de doscientas obras del británico Damien Hirst.
La idea de que hay algo mágico en sus obras que hacen que valgan de entrada millones es sencillamente "ridícula", afirma el crítico, según el cual lo que ocurre con Hirst es un fenómeno de "promoción y publicidad".


Las obras de arte, en la cultura occidental actual, funcionan de la misma forma que las celebridades. Es la opinión del crítico de arte Robert Hughes, quien fecha el origen de esta tendencia en 1962 cuando la Mona Lisa de Leonardo da Vinci fue del Louvre en París a Nueva York. Las largas filas para verla convirtieron una obra maestra en motivo de verbena. Si el arte se vuelve un espectáculo pierde significado.

Su teoría es que el mercado del arte dio un giro fatídico en 1963, cuando se exhibió en Nueva York el más famoso retrato de Leonardo da Vinci como si fuera "una estrella de cine".
"El público no iba para mirarla sino para poder decir luego que la había visto", explica Hughes.
Así comenzó un proceso por el cual las obras de arte se convirtieron en celebridades. A partir de los años sesenta, los coleccionistas comenzaron a comprar obras de arte no porque les gustaran sino como inversiones rentables.
El del arte es el mayor mercado no regulado del mundo. Las ventas de arte contemporáneo generan cerca de 20.000 millones de dólares al año.
El arte moderno es muy caro no porque sea especialmente bueno sino porque los inversores creen que puede generar rápidamente beneficios.
"El mercado del arte pone demasiado énfasis en la novedad y en lo que está hoy de moda porque los compradores confían en que las obras nuevas van a ganar en valor a corto plazo", explica.


Tras medio siglo de hacer crítica de arte en Nueva York, Hughes filmó The Mona Lisa Curse, cuyos primeros planos daban cuenta de la famosa calavera de Damien Hirst (Bristol, 1965) cuajada de diamantes, For the Love of God, vendida en 50 millones de libras esterlinas y ahora propiedad de un consorcio. Hughes juzga esa obra un “una interesante mercancía que como obra de arte es absurda”. Quienes defienden la obra de Hirst dicen que refleja y subvierte la decadencia moderna. Hughes lo duda: “No es cierto. Sólo es la decadencia”. 

A diferencia de lo que ocurre con las empresas, el valor de una obra de arte no puede someterse a análisis objetivo, por lo que los artistas que como Hirst suscitan polémica o tienen olfato para la autopromoción pueden inflar fácilmente el precio de su producción gracias a un orquestado trabajo de relaciones públicas.
Para Hughes, todo eso tiene como primera consecuencia la conversión del arte en una mercancía más y hace además las obras realmente importantes totalmente inasequibles para los museos y las galerías públicas.
"En lugar de que el arte sea propiedad común de la humanidad, como un libro, el arte se convierte en propiedad particular de alguien que puede permitírselo", denuncia el crítico.
"¿Cómo van a poder competir los museos con un multimillonario ruso que empezó a comprar arte hace tres minutos pero que tiene en el bolsillo el producto interior bruto de Georgia?", se pregunta Hughes.
"Imaginémonos el efecto catastrófico que tendría en la cultura el hecho de que cada libro interesante que sale costase un millón de dólares?", agrega.
"Una de las cosas que sostiene el mercado del arte es la fe irracional en la continua subida de los precios", comenta Hughes.


Marta Minujin, una artista show-woman.


El arte como espectáculo 

Por José Felipe Coria y Miguel Ángel Da Vila (extracto)


El arte actual se alimenta de una tensión insólita: el artista existe si su obra tiene valor pecuniario. O si se le asigna un valor ideológico. Que en el caso de Hirst tiene que ver con una coincidencia temporal en el mercado donde los snobs asisten a consumir lo que se les dice que está de moda. Snobs, pero por supuesto, con jugosas carteras: ellos pagan lo que otros deciden qué es arte. Ese es el nuevo poder que ha regido al mundo del arte de los últimos lustros.
Umberto Eco, refiriéndose al kitsch, señalaba que éste debe ser más real que lo real para legitimarse, la falsificación se consuma cuando el espejismo suplanta la idea de lo real con artimañas visuales. Ahora tenemos un entorno kitsch generalizado donde la pérdida de sentido de la realidad, la saturación de imágenes, la celebración de la frivolidad y el consumo materialista lo son todo. El concepto del arte se ha centrado plenamente en el culto a la personalidad de artistas pseudo-marginales/pseudo-subversivos que reciclan los desechos de la sociedad y le atribuyen un carácter simbólico y significativo, banalidad que resulta novedosa en un contexto donde los asideros a lo concreto escasean, donde al parecer el retrato de la sociedad contemporánea sólo es posible a través de la falsificación.
En las postrimerías de los ochenta del siglo XX se rompe con toda ideología. El Estado aprende la lección de los teóricos y la lleva a la práctica buscando legitimarse a través del arte: lo hicieron los romanos, los nazis... comenzando una estrategia de acallamiento y asimilación de intelectuales y artistas orgánicos, y defenestrando a todo artista y pensador independientes.
Se requiere una masa acrítica (incluidos los críticos) para sostener un ejército de consumidores voraces que hunden a la sociedad en la ignorancia al ejercer control político absoluto y al facilitar el engaño. Es la misma estrategia que le funcionó a los Estados en la Edad Media y a los fascistas, que ahora retoman las extremas derechas-izquierdas en el poder. En este contexto, pseudo-artistas son funcionales al poder porque alejan a la masa del arte y de la experiencia cultural; dejan al espectador a manos de los massmedia, la propaganda, el consumo y la publicidad como únicas fuentes de placer estético. Se cierra así el periplo de la farsa perfecta que se convierte en todo un espectáculo protagonizado por el “artista”: él es el medio, el mensaje y el masaje, por eso hay que tener cuidado con las cajas vacías que se encuentren en el piso. No hay que reverenciarlas, hay que tomarlas y depositarlas en su lugar: la basura.

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