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sábado, 12 de julio de 2014

Canto de sirenas

La sirena más famosa de todos los tiempos corresponde a una representación de John William Waterhouse.

                                                                                       

El ulular de una sirena de un coche de bomberos no es un sonido agradable. No es el presagio sino el anuncio de problemas o de una desgracia en desarrollo. El canto de sirenas, en cambio, es muy bello, pero también está lleno de desgracias. Una mujer sirena es igual a una mujer de cuidado. Muchas veces lo que parece bueno, no lo es. Y la belleza de sus cuerpos y lo dulce de sus melodías (aunque les gusten) son la certeza que algo malo está por ocurrir. Si en la playa se cruzan con una de ellas, tengan mucho cuidado.

                                                                                       



Las pueden ver peinándose el cabello, como distraidas...

 
"Suenan como pajaritos tristes"

Lus es muy inteligente, pero todavía es un pequeñín muy atado a las túnicas azafranadas de su mamá. Es muy curioso, pero hay cosas de las que no me atrevo a hablar con él.
Más que nada, porque estando en la Isla y siendo la Isla de las Sirenas parte de este archipiélago, me da cosa que el gurí se asuste y ya no me visite, y ¡la pucha que es dura la soledad del islero!


o jugando en la arena.

A la tardecita se las escucha. Lejos. Suenan como pajaritos tristes. Se acompañan con una acordeona o con una caja chayera. El viejo Froilán, que es pescador desde el tiempo de la Unión Democrática, me contó que son hijas del finado Aqueloo y de la Emilce Calíope o de su hermana Tersícore. Pero también me dijo que Aqueloo tenía unas guampas ponderables y que el padre era en realidad un tal Forcis, un melenudo medio cuatrero que anduvo escondiéndose entre los pescadores en la década del 70, huyendo de no sé qué pasado militante o de la colimba, algún embrollo de milicos era. Los pescadores dicen que Aqueloo y Forcis tuvieron una pelea y terminaron ahogándose en un laguna, pero no me consta. Según Froilán, esos dos eran encarnaciones del río. Pero Froilán está medio amnésico y bastante colifa, así que me permito poner en duda todos sus dichos.

O esperando la llegada de algún barco con marinos deseosos de escuchar sus bellas canciones.

Yo las veo con relativa frecuencia. Son vecinas y, siendo una persona mayor, ya no me buscan como presa para sus encantos. Cantan bien, pero para ser absolutamente franco, son bastante fuleras.
Por empezar, tienen patas de gallo. De cara no están tan mal, pero tienen plumas por todo el cuerpo. Son medio pájaros. Y yo ya me acostumbré a la depilación definitiva, así que tanta pluma, tanta pluma, me da un poco de impresión.

Son buenas madres, nadie lo pone en duda. Pueden adoptar a un bebe humano y cuidarlo entre todas con especial cariño.

Froilán dice que antes volaban y que en un concurso de talento, apostaron las plumas a que nadie las iba a superar como cantoras. Pero vinieron las Musas, las vencieron, y les sacaron las mejores para adornar sus coronas.
Así que ahí están ahora. Vivirán a dos leguas de acá. Están siempre en la puerta de un rancho hecho hilachas a la orilla de un riacho del Puntazo, sentadas, tomando mate y cantando vidalitas al lado de una parva de huesos.

En el atardecer se instalan sobre alguna roca a mirar la puesta de sol. Son románticas.

Porque las señoras estas tienen una maña. Cuando un mozo se arrima pa’ escucharlas cantar, le saltan encima y se lo comen. Tal cual la viuda negra o la mantis religiosa, bichos malagradecidos que suelen comerse a sus legítimos consortes. ¿Usted oyó hablar de públicos difíciles? Bueno, vaya viendo nomás lo que son estas artistas.
Me dan ganas de contarles la historia de Ulises y las sirenas, pero mejor, miren la película. Si no está filmada, ya la van a filmar.

Pero donde mejor se sientes es en el agua. Sus esclavos las agasajan de lo lindo y ellas exhiben sus curvas provocadoras.

Tampoco parece que hayan sentido predilección por la carne humana.
En el año 558, en Irlanda del Norte, capturaron a una sirena. Al parecer, una muchacha había caído en un lago trescientos años antes. Después de habitar las aguas, se convirtió en sirena y fue entonces cuando un grupo de pescadores la atrapó con una red. La llamaron “Murgen” que quiere decir “nacida del mar”. La pusieron en una pecera enorme y la bautizaron.
Al morir, los irlandeses comenzaron a llamarla Santa Murgen y a agradecerle milagros que la sirena santa, al parecer, realizaba.
En el 1403, en Holanda, las mujeres del pueblo de Edam encontraron una sirena y acudieron en su ayuda. Restañaron sus heridas, le dieron queso ídem para que repusiera energías y la llevaron a la ciudad para que el resto del pueblo la conociera. La sirena vivió 15 años entre la gente, pero nunca aprendió a hablar.

También juegan, porque no se olvidan de que algunas vez -antes de ser medio pez- fueron medio aves.

Según testimonian sabios medievales, la Iglesia de  Roma dictaminó que las sirenas,   las griegas y las otras, no tienen un alma inmortal.
Es precisamente por eso que siempre tratan de relacionarse con santos o religiosos, porque tienen la esperanza de que la cercanía de gente espiritual les permitirá eventualmente agenciarse un alma para su propio goce.
A las gentes sencillas del norte de Europa esta falta de alma no les preocupó mayormente.
Por ello, en aquel tiempo se sentían muy orgullosos de tener a alguna sirena entre sus antepasados. Yo mismo guardo un viejo pergamino que prueba que tengo una  bisabuela submarina. Lo hicieron en el mismo lugar donde conseguí un pasaporte de la Unión Europea.

Son madres amorosas (ya lo digimos). Eso sí, de los padres nada se sabe.

Uno de mis primeros amores fue una sirena que trataba de ocultar su identidad mitológica, tal como la Sirenita de Hans Christian Disney, y pude convivir con ella algunos años, hasta el fatídico día en que propuse pasar un fin de semana en Villa Gesell.
Fue llegar a la costa y comenzar a percibir los gestos de su perturbación, el temblor de su cuerpo helado que parecía desprenderse de mi abrazo,  su mirada que me rehuía para perderse en la lejanía… Mi último recuerdo es un beso largo y salobre que me dio en la playa, poco antes de correr hacia el mar y perderse entre las olas.
Sin duda, el llamado del mar es más fuerte que el poder del amor.


Aunque siempre vuelven y cometen el mismo error.

Cuando la sudestada arrecia y el Paraná picado adquiere el temperamento de un Océano, me da por recordar esos últimos momentos, el viento frío cargado de conchillas, la imagen de su aleta caudal -que juro no haber notado nunca antes- agitando el agua entre relámpagos de espuma, y esta desdicha profunda y persistente.
Pensé que nunca iba a poder volver a la playa, pero aquí estoy.  Todas las mañana salgo a recorrer el espinel.
Mi sirena no volvió. Las sirenas siempre olvidan el camino de regreso, y como no soy ni tan valiente ni tan joven,  he tenido que conformarme con mujeres humanas, a las que muy a menudo ni siquiera les gusta el pescado.



Texto de Lus Gracya

Muy distinta es la sirena del relato de Hans Christian Andersen La Sirenita, capaz de entender y hablar la lengua de los hombres, un personaje tierno y enamoradizo que salva a un apuesto príncipe de naufragar. 

La joven sirena se enamora y hace un pacto con la bruja del mar: La hechicera la transformará en humana, pero si el príncipe se casa con otra, morirá. Además, como pago, la bruja le corta la lengua y así se queda con su bella voz. El príncipe, tras un brevísimo idilio, se casa con una joven de sangre noble, y las hermanas de la sirena le ofrecen un cuchillo mágico que le devolverá la cola si mata con él al príncipe. Pero el amor de la sirenita es tan grande que prefiere transformarse en espuma que matar al joven. Por su bondad, será recompensada con un alma inmortal, algo que ninguna sirena poseía segun Andersen.

Nuevas imágenes

Obra de Olivia de Berardinis.















































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