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viernes, 1 de agosto de 2014

La chica de la falda al viento sigue causando furor


La mítica escena de la película "La comezón del séptimo año", interpretada por Marilin Monroe en 1955.

Es una creación del escultor J. Seward Johnson. Una estatua de ocho metros de altura de Marilyn Monroe fue inaugurada en 2011 en Chicago, lo cual causó sensación en su aún enorme legión de seguidores. Representa la mítica escena reproducida de la película La Comezón del Séptimo Año (1955) en donde el aire de las rejillas de ventilación levanta el vestido blanco, y Monroe lo sujeta con un gesto coqueto y seductor.
 
La obra ya está convertida en una de las principales atracciones turísticas.




La rejilla del metro de Marilyn Monroe



La escena más famosa del cine americano  ocurrió en la esquina de Lexington Avenue con East 52nd Street. Cuando justo pasaba el metro, el aire que salía de la rejilla de ventilación levantaba la falda de Marilyn Monroe.

La famosa escena se rodó el 9 de septiembre de 1954. En el momento del rodaje había un montón de curiosos alrededor de la zona. Era Marilyn, la diosa de Hollywood con un vestido plisado blanco.
Si ya has estado en Nueva York, habrás podido comprobar que tragarse las ráfagas de aire caliente que salen del metro no es ni algo placentero ni glamouroso.
Sólo ella era capaz de poner esa nota de glamour a todo aquello que tocaba.


La escena del filme.
 
 Tanto la ilustración como el cómic han reproducido la escena en que el viento levanta la falda de una sorprendida y hermosa muchacha.

Pintura de Antonio López Torres


Buenos recuerdos 
                                                    
Por Rubén Reveco


La muchacha linda del barrio se acercó al grupo de niños que jugábamos a las bolitas. Su falda a la rodilla flameaba suave al ritmo de la brisa primaveral.
Cuando pasó altiva a nuestro lado -ignorándonos- dejamos de jugar para mirarla. El más atrevido  de nosotros le silbó a modo de piropo y bastó con ese pequeño soplo de aliento para que se generara una corriente -de a poco, como cuando nace una avalancha de nieve- que la sorprendió desde atrás. El viento levantó su falda más arriba del límite que fijaba el pudor y dejó al descubierto –para sorpresa nuestra- un universo maravilloso y aún inexplorado.
El grito de sorpresa de la muchacha se confundió con nuestras risas. Fue sólo un instante pero quedó grabado fuerte en nuestra memoria. Cada vez que la veíamos venir los corazones comenzaban a latir con más fuerza. Nuestro amigo perfeccionó su técnica y nosotros le ayudábamos silbando. Pero alertada se tomaba los costados de su falda y nunca, entonces, se volvió a repetir ese día dorado de primavera. Aprendimos una cosa: que los milagros ocurrían sólo una vez.



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