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sábado, 2 de agosto de 2014

La pintura de Miguel Angel Moya

 
"El Sol y la Luna"


Usando sus propias palabras, este pintor español explica es proceso creativo de su obra. Además, incluimos un ensayo crítico de Rafael Prats Rivelles.

El cuadro Sol y Luna



Este cuadro tiene un significado absolutamente mágico para mí, por las circunstancias que concurrieron en su realización. Llevaba tiempo visualizando un espacio, y no acertaba a encontrar nada parecido en la realidad. Por casualidad leí en un periódico que se acababa de restaurar la cúpula del edificio de Correos, en Valencia, y en la fotografía que acompañaba al artículo reconocí el lugar que buscaba. Fui, lo fotografié y empecé a trabajar en el cuadro. Cuando lo terminé encontré que no me convencía, que faltaba algo, así que, instintivamente, añadí primero una figura masculina, luego una femenina y, finalmente, un hombre de Vitrubio, bajo el cual escribí unos textos, imitando la disposición de los de Leonardo.
Poco después, por esas casualidades de la vida, contacté con un especialista en arquitectura sagrada de la antigüedad. Le enseñé el cuadro y le comenté que lo había realizado de manera instintiva, sin saber lo que significaba. Al verlo me explicó que lo que había plasmado era un reflejo de la disposición de una catedral gótica. Las mujeres se sentaban en los bancos de la izquierda, los hombres en los de la derecha y, más allá, bajo la cúpula, oficiaba el sacerdote-andrógino(hombre de Vitrubio). Lo que ocurría, me dijo, es que en mi cuadro las figuras masculina y femenina estaban al revés.
Tiempo más tarde, leí que el arte occidental plasmaba en sus imágenes algunos conceptos religiosos invertidos, como en un espejo, ya que mientras en Oriente el hombre puede ser la divinidad, en occidente sólo puede ser un reflejo de ella. 
Lo más curioso es que si ponía mi cuadro frente a un espejo sucedía algo aparte de invertir las figuras masculina y femenina. Los textos bajo el hombre de Vitrubio.


 "Mujer"

A la hora de hacer un cuadro


A la hora de hacer un cuadro, siempre parto de una sensación, de algo que quiero transmitir y que va más allá de las palabras. En mi cerebro toma una forma visual, una apariencia plástica, un vislumbre del cuadro que será el modo en que pueda comunicar ese sentimiento, que para mí es casi un estado de conciencia. A partir de ahí busco en la realidad un modelo, generalmente un lugar, que se aproxime lo más posible a lo que he visualizado. Así pues, no me considero un pintor realista en el estricto sentido del término, ya que el pintor realista se deja fascinar por lo que tiene alrededor, por su mundo cotidiano, que es lo que plasma en su pintura. Yo, sin embargo, visualizo una imagen en mi interior y después intento hallarla o recrearla en la realidad, obteniendo un modelo a partir del cual poder trabajar. El lenguaje realista es el medio que utilizo, desde luego, pero no deja de ser un medio y no un fin en sí mismo. De hecho para mí es mucho más importante las calidades plásticas que pueda conseguir en un cuadro que el hecho de aproximarme más o menos al modelo representado.
Otro aspecto fundamental en mi trabajo es que considero que el propio tema de la pintura lleva implícita la técnica a utilizar en su realización. Al contrario que la mayoría de pintores figurativos, los medios técnicos que empleo para la creación del cuadro, (veladuras, rascados, frotados, texturas, etc.), varían de una obra a otra. Para mí cada nueva obra es una aventura, y es el propio cuadro, a través del aquí y el ahora del acto de pintar, el que va dictando las normas para su creación. Podría decirse que es la obra, tomando vida propia, la que va marcando el camino. Para trabajar de esta manera siempre hay que dejar una puerta abierta al inconsciente, ya que es el equilibrio entre lo consciente y lo inconsciente, desde mi punto de vista, lo que confiere valor a un cuadro.



 "El violinista"

Sobre la pintura alquimista de Miguel Angel Moya


 Por Rafael Prats Rivelles (Crítico de arte)

“En general, parece que dos causas, ambas naturales, generan la poesía: la capacidad de imitar, connatural a los hombres desde la infancia, en lo cual se diferencian de los de­más animales (porque el hombre es el más propenso a la imitación y realiza sus primeros aprendizajes a través de imitaciones), y la capacidad de gozar con las imitaciones. Prueba de ello es lo que sucede con las obras: las imágenes de cosas que en sí mis­mas son desagradables de ver, como las figuras de fie­ras horrendas y de cadáveres, nos causan placer cuando las vemos representadas con mucha exactitud. La causa es asi­mismo que el aprender no sólo resulta sumamente placentero para los filósofos, sino también para los demás, aunque participen menos en ello. Por eso se regocijan al mirar las imágenes, porque resulta que quienes las contemplan aprenden y deducen lo que cada objeto es, como que esto es aquello. Pues cuando no ha habido una visión previa, la imitación no produce placer por sí misma, sino por su perfección, por el color o por alguna otra causa semejante”. Aristóteles, Poética ( s. IV a.C.)




El Extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde la novela escrita por Robert Louis Stevenson, publicada por primera vez en 1886, cuenta la investigación, llevada a cabo por el abogado Gabriel John Utterson, sobre la sorprendente relación entre su viejo amigo, el Dr. Henry Jekyll, y el misántropo Edward Hyde. Dicen que el libro supone una representación vívida de la psicopatología correspondiente a un desdoblamiento de personalidad y dicen, también, que es muy posible que se escribiera bajo los efectos de la LSD, la droga psicodélica, porque el autor, en aquellos momentos de pergeñar el relato, se sentía enfermo y recibía un tratamiento en un hospital con el hongo cornezuelo de centeno del cual se extrae la dietilamida de ácido lisérgico, es decir, la elesedé. La lectura de la narración conduce a múltiples interpretaciones. Independientemente del posible caso psicopatológico, cabe pensar en la presencia de más de una personalidad en cada ser humano. Es muy probable que, sin llegar a tratarse de un caso clínico, muchos de nosotros podríamos poner en funcionamiento varias personalidades; lo que pasa es que, en ningún instante, hemos pretendido desarrollar sino la que tenemos más a mano. Por otro lado, la historia de Stevenson puede recordar el platónico mito del carro alado, en el que se establece la lucha entre las diversas tendencias de la conciencia.





Pero no es la literatura inglesa el motivo de habernos citado aquí, sino la obra pictórica de Miguel Ángel Moya. ¿Y a qué viene el anterior párrafo introductorio? A veces quien escribe no sabe muy bien la causa, pero lo cierto es que le viene a la memoria una situación vivida, un libro recorrido, una música escuchada, un sabor apreciado, una textura disfrutada o un paisaje contemplado. En el caso de la obra de nuestro pintor, he recordado la famosa novela. Luego, dándole vueltas, he llegado a la conclusión de que tal recuerdo debe haberse producido por la sencilla razón de que, para mí, la pintura de Miguel Moya no es lineal, sino más bien esférica. Y la esfericidad acoge numerosos y variados elementos que quizá compliquen su lectura, pero que a la postre enriquecen el producto.





Cuando hablo de elementos variados, me refiero naturalmente a elementos plásticos, a recursos pictóricos, a elementos estéticos sobre todo, aunque no renuncio a otros, los de carácter comunicativo que también intervienen –y de qué forma- en el conjunto. Es como dos universos condenados a cohabitar, como la armonía y la melodía en música, y de esto sabe bastante el artista, violinista cuando se lo permiten los pigmentos. En algún sitio he leído que la armonía “es la ciencia que enseña a constituir los acordes, y es el arte que sugiere la manera de combinarlos en la forma más equilibrada, consiguiendo así sensaciones de relax, sosiego (armonía consonante), y de tensión hiriente (armonía disonante)”. A mí me da la sensación de que, hablando de armonía, nos están diciendo cosas de pintura. Y en este sentido, salto disconforme cuando se me propone que la armonía es un mero acompañamiento de la melodía y asiento complacido cuando la propuesta es que se trata del armazón de las melodías, la base sobre la que se desarrollan distintas melodías simultáneas. Melodía y armonía están totalmente interrelacionadas. Una doble personalidad en una misma obra. Lo que ya no sabría calificar es si, en el caso que nos ocupa, nos hallamos ante una armonía tonal, como sucedía en el Barroco, o más bien estamos ante una producción propia del Romanticismo a nuestros días, en que se concede una mayor importancia a los valores coloristas, al tiempo que se permite una armonía más libre. Y esa libertad puede incluir incluso la relación de ambos conceptos en una misma producción.




Aaron Copland, el compositor contemporáneo norteamericano, en su libro Cómo escuchar música, contempla tres aspectos: primero, medio de relajación o evasión; segundo, transmisión plural, polisémica, cada cual hace su propia lectura; y, finalmente, Copland censura al hombre de la calle porque solamente escucha la melodía en las composiciones y no hay que quedarse en esto solamente, pues se pierde buena parte del trabajo musical. Y sigo leyendo todas estas cosas de música y me da la sensación de que me siguen hablando de pintura. Sí, y también de la pintura de Miguel Ángel Moya, que puede observarse como distracción, como algo curioso; que puede ser objeto de variadas interpretaciones y que es lo suficientemente rica como para que no nos quedemos en su superficie.




Hay quien distingue en la música cuatro elementos esenciales: el ritmo, la melodía, la armonía y el timbre. Esos cuatro elementos están en la pintura de Miguel Ángel Moya. Desde mi atalaya, aprecio el ritmo en la dinámica generada por la composición de las formas y por las tensiones cromáticas; la melodía es la historia que nos cuenta, su aspecto representativo, mientras que la armonía sería cómo nos la cuenta, el entramado de esa historia; y, finalmente, el timbre cabe hallarlo en la sonoridad del color, más bien de los colores (no existe el rojo, sino muchos rojos), en los que tanto influyen los matices puestos en solfa.




Los apuntes anteriores se instalan dentro de las hipotéticas esferas que son cada uno de los cuadros de esta exposición que, temáticamente, se presenta en tres niveles: la música, los interiores y la alquimia. De música algo hemos dicho. De las arquitecturas interiores (desde el teatro a la biblioteca, pasando por la estación ferroviaria) cabría puntualizar su carácter escenográfico que adquiere una dimensión de caracteres psicológicos, generando unas sensaciones diferentes y diferenciadas en el espectador. Y de la alquimia...




Era de esperar que a Miguel Ángel Moya se le presentara la ocasión para poner en valor a la alquimia, pues él –en buen medida, y salvando las distancias que sean necesarias- es un alquimista del siglo XXI, a caballo entre la ciencia y la filosofía, emparentadas ambas con la semiótica y el misticismo, el espiritualismo y el arte propiamente dicho. No hay que olvidar que alquimia significa mezcla –la palabra collage es posterior- y nuestro artista es, sobre todo, un mezclador excepcional, capaz de transformar los metales corrientes (los elementos simples que tiene a mano) en el oro de su magnífica pintura.
Miguel Ángel Moya practica una heterodoxia que no renuncia a la permanente presencia matérica –algo que puede recordar las pintura de Antoni Tàpies- en sus cuadros decididamente realistas.


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