Redes

sábado, 20 de septiembre de 2014

21 de setiembre, Día del Artista Plástico en Argentina



Muchos de los que entrábamos a Bellas Artes hace casi cuarenta años lo hacíamos con la intención de estudiar arte o, especialmente, dibujo y pintura, y no tanto con el deseo de convertirnos en artistas, aunque en nuestra vocación hubiera ya algo de ese espejismo, alentado por profesores que, de buena fe, se mostraban más cercanos a concepciones tradicionales que a algún abordaje más materialista.

 Por Eduardo Stupía


Hoy, en plena época de revisión y trastocamiento absoluto de todos los estatutos del arte, la categoría de "artista", no obstante, permanece allí, incólume, disimulada o indisimuladamente solemne aun en el contexto de la mayor secularidad, con su carga de trascendencia. Todavía, quienes creen saberse no artistas contemplan a los que sí presuntamente lo son con explícita o tímida reverencia, e incluso habrá quien -en su rol de especialista o teórico entrenado en el más puro recelo frente a toda concepción decimonónica de la palabra, refractario a ideas popularmente tan arraigadas como las de genio, artista torturado o creador excéntrico, liberado de la fascinación de la expresividad, la subjetividad o la iluminación- crea detectar en el artista una esencia singular, una plusvalía que exceda la mera definición técnica o sociológica.




A la vez, además de pobres e inmigrantes perseguidos, lo que más parece haber crecido en el Producto Bruto Mundial no son tanto las obras de arte sino los artistas, probablemente debido a las extraordinarias facilidades tecnológicas al alcance de cualquiera y, consecuentemente, a la multiplicación exponencial de instancias críticas y fenómenos que legitiman todo tipo de experimentos con nuevas normas de institucionalidad y legibilidad estética. Y además porque los artistas, verdaderos o falsos, han asumido con notable ductilidad mediática la necesidad de disimular el oropel. No basta con ser artista, también hay que no parecerlo.



Los que siempre han pensado que, en cualquier momento de la historia, ser artista es, apenas, o nada menos que un oficio, algo tan anónimo y específico como ser tornero o buzo táctico, perciben que esta conciliación equiparadora de la experiencia que propone, o evoca, una suerte de generalizada artisticidad democrática es un esfuerzo inútil, un acto anacrónico. Hoy por hoy, el mundo y el arte se parecen cada vez más, y en consecuencia ya casi no habría por qué insistir en limar la diferencia entre artistas y "civiles".




Sin embargo, como ya se dijo, la noción de jerarquía artística persiste, y ser artista también es actuar como artista. Y no meramente ante las exigencias de la escena pública, donde muchas veces la construcción del artista-personaje es más importante que la obra, cuando no la obra misma, sino en el ámbito del estudio; allí, el espejo puede eventualmente devolvernos nuestra propia imagen de artista-simulacro. Pero un buen día eso se cae y, en forma fugaz, vemos el rostro desnudo de nuestra capacidad "artística", para quien quiera llamarla así; una repentina crisis de conciencia entre la pretensión y las limitaciones, entre la aptitud constructiva y la impotencia y la mudez.



Se trata apenas de un instante desinteresado en medio de una práctica que puede ser significativa o inmediatamente prosaica, donde los materiales y las ocurrencias, las herramientas y los proyectos dejan en ridículo todo rótulo social o proyección imaginaria que se traduzca en términos de carrera, mercado o reconocimiento, y donde ser artista es cualquier cosa menos eso que creíamos que era.


Eduardo Stupía en su taller.

No hay comentarios:

Publicar un comentario