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martes, 7 de octubre de 2014

Tres pintores animalistas neuquinos

"Halcón" de Anita González Chiang.

En el mundo hay grandes pintores que han elegido como temática la flora y la fauna, esas maravillosas especies que comparten con nosotros este planeta.
El arte animalista ha existido siempre, pero sólo desde la segunda mitad del siglo XX se ha implementado como un género temático. Primero se destacó el trabajo de grandes ilustradores en ediciones dedicadas a los animales del mundo (el argentino Axel Amuchástegui, por ejemplo) y en la década del 80, estas ilustraciones salieron de los libros y entraron a las galerías de arte, para el beneplácito de los espectadores deseosos de maravillarse con ese arte.

Por Rubén Reveco, licenciado en Artes Plásticas


Obra de  Karl Ivan Moricz.

En un mundo cada vez más tecnificado se valoriza de modo especial el objeto hecho de un modo artesanal. La temática animalista es la que inspira a muchos pintores y constituye -sin dudas- un regreso gratificante a las fuentes. Aire puro sobre las intelectualizadas manifestaciones estéticas de los últimos cien años.


Obra de Oscar Campos

En el siglo XX, amparados en la excusa de la “libre creación”, cada cual competía en excentricidades. Se abandonaba así, el preciosismo que caracterizaba a las expresiones artísticas. Antes, un pintor era una persona capaz de poner de manifiesto ante los ojos atónitos del espectador una capacidad casi sobrenatural de transmutar materia inerte (pigmentos, arcilla, mármol, grafito, etc) en objetos bellos. Desplegando ante los demás mortales todas las cualidades y dones que Dios, la naturaleza y el trabajo le habían dado. Sus obras despertaban por partes iguales la admiración de expertos y legos.
Pero todo esto terminó abruptamente. El artista se divorció del público y este último optó por decir simplemente “no entiendo”. El divorcio ha durado un siglo y cuando el experimento del arte moderno parece estar agotado, ciertos artistas -pintores, en especial- han retomado el camino más difícil; el que transitaron siempre los artistas de antaño: parir obras con esfuerzo, sudor y lágrimas.

 
Anita González Chiang junto al gran pintor argentino Axel Amuchástegui.

Este reencuentro en gran parte se ha dado por un cambio de actitud del hombre hacia el medio que lo rodea. Ahogado por el humo de la industria que el mismo creó y de espaldas al entorno natural, insinúa un cambio de actitud y el arte se hace portavoz de este sentir. El arte animalista es el mejor ejemplo.

En la Argentina hay excelentes exponentes de esta corriente temática que pretenden representar animales, a veces, en peligro de extinción, y otros -sacralizando el acto de pintar- se han propuesto recuperar ciertos valores estéticos como la belleza, por ejemplo. Y si bien es una cruzada asumida por una minoría ya que requiere mucho talento y paciencia, el espectador está maravillado pues reconoce en la labor de estos artistas algo maravilloso y único.

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