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martes, 10 de febrero de 2015

Avigdor Arikha: De la abstracción al realismo


Empezar y acabar en un día. Sin duda su pintura tiene misterio, el misterio que sólo logran los grandes maestros, el que logra sin artificios transformar lo real en algo casi irreal.

Samuel Beckett definió la obra del pintor israelí Avigdor Arikha (Bukovina, Rumania, 1929 - 2010) como una heroicidad en soledad. Y es cierto que su vida y su obra se han asomado muchas veces al filo. En tres ocasiones bordeó la muerte, según confesó alguna vez este singular artista que desde muy joven estuvo bien considerado por la crítica y los coleccionistas. Dos se debieron a motivos de salud. La otra, la verdadermente importante, no tuvo nada de físico. Sucedió en la mañana del 10 de marzo de 1965. Arikha se levantó aquel día con la profunda sensación que había muerto como pintor abstracto, que a partir de ese momento sólo valía la pena pintar del natural. Ni de memoria ni a partir de fotografías. Sólo lo que tuviera delante y mientras estuviera ante sus ojos. Durante una hora o un día. Empezar y acabar.
Tomada la decisión, centró su actividad en el dibujo, la forma más esencial de acercarse al arte. En 1973, volvió plenamente a la pintura: desnudos, retratos, bodegones, jardines. De la intimidad doméstica y personal se salta al ámbito de sus relaciones sociales.







El artista.

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