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sábado, 25 de julio de 2015

¿Por qué León Ferrari no me gusta?

Actualmente se está realizando una exposición en Buenos Aires sobre su obra. En el Mamba, desde luego.

Esta "vaca sagrada" del arte contemporáneo argentino es muy mala. Sé que para muchos esto que digo puede resultar iconoplasta. ¿Cómo se va a tirar contra León sin el riesgo de salir rasguñado? Pero resulta que nuestro supuesto artista reivindicó con su obra una forma de protestar contra ciertos valores culturales de Occidente. ¿Cuál podría ser el problema -entonces- que se lo critique del mismo modo?


Por Rubén Reveco. Licenciado en Artes Plásticas

No sabía dibujar y era un pésimo artista plástico, pero supo estar en el momento y lugar exacto y adecuado. Desde que regresó definitivamente a la Argentina en 1991, León Ferrari (1920-2013) realizó el circuito ideal de cualquier artista contemporáneo: 
1) En 1995 obtuvo la beca Guggenheim. En 2006 fue invitado especial en la Bienal San Pablo.
2) En 2007, su obra más reconocida, La Civilización Occidental y Cristiana, creada en 1965, ganó el León de Oro en la 52º Bienal de Venecia.
3) En 2009 el MoMA exhibió una retrospectiva de su obra que se presentó luego en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, de Madrid.
4) En 2012 recibió el Premio Konex de Brillante al artista más destacado de la década en la Argentina y el de Platino en la disciplina Arte Conceptual: Quinquenio 2002 - 2006. También obtuvo un Premio Konex Diploma al Mérito en 1992 y 2002.
Lástima que el Instituto de Tella ya no existe porque sino le seguiría poniendo plata como lo hizo en la década del´60.
Todos estas instituciones -más la prensa aduladora- hicieron de este pobre hombre -junto a Marta Minujín- la apoteosis del arte contemporáneo que protesta contra lo establecido (se critican ellos mismo, que son lo establecido). 
Su fuerte crítica a la Iglesia Católica causó gran controversia en la Argentina, generando un intenso debate sobre arte y libertad de expresión en el que estuvo involucrado el Papa Francisco, Jorge Bergoglio, en aquel momento arzobispo de Buenos Aires.

Su obra más controvertida: "La Civilización Occidental y Cristiana", presenta a un Cristo crucificado sobre un bombardero estadounidense. De más está decir que ni el avión ni el Cristo fueron creados por Ferrari; es sólo un ensamble de piezas.

Canapé a gusto de curadores 

"En Ferrari hay un rol provocativo y escandaloso que algunos tratan de soslayar, pero que es fundamental para que el mundo del arte no se alimente solo en el mundo del arte, que perfore esa burbuja de expertos y realmente tenga resonancias en el resto de la sociedad", así se expresa Andrés Duprat. Este es un supuesto artista, funcionario político-cultural y curador (esos que han enfermado al arte).  Pero se equivoca ya que nadie trata de soslayar lo "provocativo y escandaloso"; el arte contemporáneo vive de eso. Al no haber arte, el escándalo es lo que lo sostiene. De no existir escándalo, León Ferrari no existiría.


Considerando que "Civilización Occidental y Cristiana" tuvo tanto "éxito", le siguió una serie de objetos intervenidos de igual temática. Pero claro, ya no sería lo mismo.


Su gran aporte al MNBA de Neuquén. A pesar de ser una escultura para ser tocada y que los fierros al tocarse emitan un sonido, las autoridades del museo le agregaron un cartelito de "no tocar".



Se mira pero no se toca

"Quisiera remitirme a un ejemplo de este "desacierto"; en la Patagonia, en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) de la ciudad de Neuquén.
En el interior del museo, en el hall de acceso, hay una de las numerosas esculturas sonora del artista León Ferrari titulada "Berimbau" (1980-2005) -su interpretación del instrumento de origen angolano que el artista materializó en diversas versiones desde 1980- que consiste en una majestuosa pieza con base de madera y varas de acero clavadas en ella, la cual fue pensada expresamente para que el público pudiera tocarlas, ya que en ese acercamiento literal y físico, radicaba su magia.
De hecho, varias esculturas sonoras construidas por Ferrari han sido emplazadas al aire libre, redoblando así la intención de sacudirse del corset procedimental que en general plantean las instituciones museísticas, en lo que se refiere al cuidado y la exhibición de las obras.
Es el caso por ejemplo, del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba) que exhibió durante un tiempo una escultura en la terraza, o el Parque de la memoria ubicado en Buenos Aires, a orillas del Río de la Plata, que desde marzo de este año alberga otra de las esculturas sonoras.
En el MNBA de Neuquén en cambio, la escultura sonora tiene un rotundo cartel: "Se ruega no tocar las obras". Cuando consulté a uno de los empleados del museo sobre esta prohibición me especificó que sólo la pueden tocar quienes en compañía de un guía hayan optado por la visita guiada o bien personas con discapacidades, como los ciegos, ejemplificó; así las cosas, el artefacto permanece "mudo" la mayor parte del tiempo.
Consulté su opinión sobre esta situación a la especialista en arte Florencia Battiti, curadora de la muestra de León Ferrari "Brailles y relecturas de la Biblia", que tuvo lugar en el Malba este año. Allí se expusieron obras de la serie "Brailles", en la que el artista trabajó sobre reproducciones de imágenes religiosas, eróticas o provenientes de la historia del arte, e incluye textos en braille tomados de la Biblia o de escritores. Todas obras pensadas para ser tocadas.
Battiti consideró que la decisión de impedir que se toque una obra que fue pensada precisamente para brillar a través de la interacción con el público es una clara contradicción a la esencia de la misma, desde la intención de su artista.
Si bien las obras no son creaturas que deban rendir pleitesía a todo lo que sus constructores determinen, pues una vez que son expuestas, se lanzan y exponen a los diversos usos que otros puedan darle, ya que dicha libertad permite que la interpretación de las obras sea tan abierta como intérpretes haya, también es preciso señalar que hay artefactos, como ocurre con las esculturas sonoras que requieren necesariamente la interacción, desde la simbiosis entre ellas y su público.
En mi opinión, los museos que exhiben arte contemporáneo deben estar dispuestos a acompañar su dinamismo y su intención "disruptiva" con respecto a muchos de los engranajes que componen a la institución "arte"; deben estar dispuestos entonces a permitir, entre otras cosas, no sólo mirar sino también tocar".

Texto de María José Melendo  (UNC-UNRN-Conicet). Publicado en el diario Río Negro.


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