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viernes, 9 de septiembre de 2016

La corrupción en el arte



Uno de los problemas más difíciles del arte contemporáneo es que gran parte de quienes educan, orientan e informan al público sobre las posibles fallas o virtudes de una obra o de un artista, están cohibidos por el nuevo lema que tiraniza las artes: todo es válido, todo es permitido, y todo tiene la suficiente calidad para ser considerado arte.

Por Juan Carlos Botero - El Espectador

Eso es falso, desde luego. No todo es igual de bueno y no todo es arte. A lo largo de la historia, incluso, unos talentos han prevalecido de manera más perdurable que otros, justamente por la calidad de su estética. Lo cierto es que antes, quienes patrocinaban las artes eran las figuras más cultas de su era, y así cometieran errores (a fin de cuentas eran humanos y falibles) a menudo acertaban, pues tenían el gusto, la educación y la sensibilidad para apoyar el gran arte de su tiempo. El Renacimiento no sólo fue posible gracias a sus artistas, sino a la vez gracias al patronazgo de familias como los Medici y los Gonzaga, y de un buen número de reyes y papas, empezando con Julio II.
¿Qué sucede en la actualidad? Hoy quien decide qué se expone y qué no, figuras en las que el público confía para saber cuál es el mejor arte de su tiempo, en vez de denunciar la farsa y revelar el fraude del arte contemporáneo, son los que más se benefician de que esas obras banales se exhiban y vendan por sumas colosales. En todo trabajo hay defensores que se ocupan de vigilar y señalar lo falso o corrupto en su campo, como en el comercio, las ciencias, la prensa, la economía y la política. En las artes plásticas, en cambio, quienes ocupan puestos de prestigio que les brindan autoridad a sus palabras, como curadores, galeristas, críticos y directores de ferias y bienales, son los primeros en aplaudir las sandeces que hoy se hacen pasar por arte. Es decir, son parte esencial del problema.


¿Por qué lo hacen? En parte por temor a ser acusados de falta de visión, de ser miopes ante la supuesta obra de vanguardia que romperá barreras. Nadie quiere ser visto como el público de París que chifló La consagración de la primavera, o el crítico que desdeñó las telas de Van Gogh. El resultado de ese temor es que hoy todo se aplaude, no hay criterios de valoración y hasta lo más banal es llamado genial. ¿Acaso la BBC no comparó a Richard Serra y sus oxidadas planchas de metal con Miguel Ángel? Pero esto también sucede porque esa gente se lucra de estas tonterías. Los galeristas de Damien Hirsht, por ejemplo, lo defienden con pasión, así sus obras sean tan efímeras como un pez disecado o un gabinete de remedios, y así a ellos mismos, en privado, les asombre que alguien pague millones por obras tan triviales. Esta gente, claro está, no muerde la mano que la alimenta.
Sin duda, en el arte contemporáneo hay obras buenas y de calidad, pero son la minoría. La mayoría son piezas que sólo buscan sorprender por unos segundos al espectador. Es un arte pasajero e intrascendente, y existe no sólo por la farsa de la cual se lucran los artistas, sino también porque quienes los podrían acusar como farsantes son los mismos que, felices, los exponen y alaban, celebrando sus bobadas. Y, claro, después se frotan las manos y cuentan los millones que ganan al engañar al público que mira, con estupor, esas cosas tan absurdas que hoy se hacen pasar por arte.



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